Alianzas público-privadas: inversión estratégica para una resiliencia integral
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Los desastres continúan generando impactos significativos en América Latina y el Caribe. En muchos casos, se presentan de manera repentina, como tormentas o huracanes; en otros, de forma progresiva, como las sequías. Sus consecuencias son consistentes: pérdida de vidas humanas, afectaciones a los medios de vida, daños a la infraestructura y graves impactos económicos. Entre 2000 y 2024, se registraron más de 2,350 desastres en América Latina y el Caribe, afectando a más de 320 millones de personas.

La cooperación internacional y los presupuestos públicos son limitados y en gran parte siguen siendo principalmente reactivos. Ante esa realidad, el compromiso del sector privado se vuelve indispensable para aumentar la inversión en la prevención y proteger así a sus colaboradores, sus comunidades y sus negocios. La resiliencia no es solo una política pública: es una construcción colectiva que necesita de la industria, los gremios y los territorios productivos.

El desarrollo empresarial sostenible está estrechamente vinculado con la resiliencia de las comunidades donde opera. Cada vez más actores del sector privado reconocen que el riesgo no es un factor externo, sino una amenaza directa para su capital humano, su infraestructura y su continuidad operativa. En respuesta, se multiplican las experiencias en las que las empresas asumen un rol activo en la reducción del riesgo de desastres, co-invirtiendo en sistemas de alerta temprana, participando en la planificación territorial, y aportando datos, conocimientos, logística o soluciones tecnológicas para fortalecer la resiliencia colectiva.

Estas alianzas no surgen de manera automática. Requieren marcos normativos adecuados, visión de largo plazo, liderazgo y voluntad política sostenida. Asimismo, demandan el reconocimiento de que la resiliencia no se construye de forma inmediata ni aislada. La reducción del riesgo y la construcción de resiliencia son procesos colectivos y graduales que enfrentan desafíos y requieren compromiso continuo, coordinación intersectorial y una orientación estratégica basada en la prevención.

Desde la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR), la ruta se traza con claridad: la inversión en prevención y mitigación no solo salva vidas, también protege valor económico. Por cada dólar invertido en resiliencia, se ahorran entre 4 y 7 en respuesta y reconstrucción. Sin embargo, según los casos de estudio incluidos en el Informe Regional de Evaluación del Riesgo de Desastres en América Latina y el Caribe 2024 (RAR24), aproximadamente 6% del gasto en la región se dedica a la prevención de desastres. El 80% aún se orienta a la gestión compensatoria.

“La reducción del riesgo no es solo una responsabilidad institucional: es una tarea colectiva que requiere visión, liderazgo político y acción coordinada entre gobiernos, sector privado y comunidades. Solo con alianzas concretas podremos anticiparnos a las amenazas y proteger lo más valioso: las personas, los medios de vida y la estabilidad de los territorios”, señaló Nahuel Arenas, jefe de la Oficina Regional de UNDRR para las Américas y el Caribe.

De acuerdo con el informe más reciente de Swiss Re Institute, del total de pérdidas económicas por desastres en 2024 en América Latina, solo aproximadamente el 17% estaban aseguradas.  Esta brecha evidencia las limitaciones estructurales del sistema asegurador ante amenazas crecientes y plantea una advertencia clara: en ausencia de una reducción sustantiva del riesgo, aumenta el riesgo de inasegurabilidad, especialmente en zonas altamente expuestas donde algunas aseguradoras ya han comenzado a retirar sus operaciones.

La buena noticia es que existen soluciones. La diversificación de estrategias que recomienda UNDRR — gestión prospectiva, correctiva y compensatoria— permite a las empresas no solo evitar pérdidas, sino mejorar el rendimiento de sus inversiones. Incorporar la resiliencia en la toma de decisiones de inversión, aplicar normas de construcción en zonas sísmicas, cambiar materiales inflamables, mejorar drenajes, aportar a los sistemas de alerta temprana multi-amenaza, contar con designaciones presupuestarias específicas, fondos de emergencia y planes de contingencia, son algunas de las decisiones que pueden marcar la diferencia entre la continuidad de los negocios y las disrupciones.

Las redes de empresas y negocios orientadas a la resiliencia ya están operando activamente en la región. ARISE, la iniciativa global del sector privado promovida por UNDRR, reúne a más de 250 empresas en América Latina y el Caribe, con capacidad de influir en más de 100 mil negocios. A través de esta plataforma, el sector privado trabaja de manera articulada para fortalecer capacidades, compartir conocimientos y promover una economía más segura, sostenible e informada por el riesgo.

Este compromiso regional se verá reflejado la próxima semana en San Pedro Sula, Honduras, durante la Semana de la Sostenibilidad y el IV Foro ARISE 2025 de las Américas y el Caribe. Del 13 al 16 de mayo, bajo el lema “Materializando un futuro sostenible y resiliente”, el evento reunirá a representantes del sector privado, gobiernos, organismos internacionales, redes ARISE, sociedad civil y actores del sistema financiero para abordar temas clave como cadenas de suministro resilientes, financiamiento de la acción climática,  sistemas de alerta temprana, mecanismos de transferencia del riesgo, educación para la resiliencia y se desatacará el rol de las mujeres en la resiliencia de las empresas. Será una oportunidad para consolidar alianzas, intercambiar soluciones concretas y posicionar al sector privado como actor clave en la construcción de un futuro más seguro y sostenible.

La resiliencia no surge por inercia. Requiere intención, estrategia, colaboración y un esfuerzo colaborativo y continuo. No basta con reconocer los riesgos: hay que anticiparse y actuar. Porque al final, la resiliencia es un aspecto clave de cualquier negocio que requiere inversión, coordinación y planificación.  Y sobre todo, se construye en alianza. En un tiempo de riesgos crecientes e incertidumbres acumuladas, el sector privado tiene dos caminos: actuar o asumir las consecuencias. No invertir en resiliencia es, en la práctica, financiar los desastres del futuro. 

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