Volver a nuestra raíz: el valor del conocimiento ancestral frente a los desafíos futuros

Volver a nuestra raíz: El valor del conocimiento ancestral frente a los desafíos futuros
UNDRR

A pesar de ser vacaciones escolares, las calles de Isber Yala permanecen en silencio. No se escucha el bullicio de su niñez jugando, quizás por el sopor que trae el calor de la media mañana o, tal vez, porque este nuevo entorno aún no se siente como su hogar.

Isber Yala es la barriada que se inauguró este año para acoger a la comunidad de Gardi Sugdub, una de las islas más densamente pobladas de Guna Yala, en el Caribe panameño. Esta mudanza no es una simple reubicación: es una respuesta urgente a la amenaza que enfrenta el archipiélago de más de 350 islas, que podrían quedar sumergidas antes de 2050 debido al imparable aumento del nivel del mar.

Para el pueblo guna, históricamente vinculado al mar que los rodea, la migración hacia tierra firme supone un proceso de transformación profunda que implica adaptarse a casas de cemento y calles de asfalto, pero también a nuevos métodos de alimentación y transporte. No se trata solo de una mudanza física, sino de una reconfiguración de su forma de habitar el mundo.

En esta transición, surge una necesidad crucial: reformular sus estrategias de prevención y preparación ante amenazas, esta vez desde una perspectiva arraigada en su conocimiento ancestral, pero en diálogo con el nuevo ambiente que los rodea.

“Al regresar a la madre tierra, nos toca adaptar nuestros conocimientos ancestrales. En el mar sabíamos interpretar los vientos y las mareas, ahora nos concentramos en los signos de la tierra, como los cantos de los pájaros o el comportamiento de los animales”, reflexiona Atilio Martínez, historiador guna, mientras se acomoda en un taburete improvisado sobre el terreno asignado a su familia para la siembra de alimentos. Sus palabras revelan la esencia de esta transición: el pueblo guna no abandona su sabiduría, la transforma.

El caso de Isber Yala resuena con los desafíos que enfrentan otras comunidades indígenas en América Latina y el Caribe. La región, expuesta a múltiples amenazas, ha sido impactada por deslizamientos, inundaciones, tormentas y sequías que afectan de forma desproporcionada a los pueblos indígenas. Frente a estos desafíos, los saberes ancestrales han demostrado ser un pilar fundamental para la resiliencia.

Estos conocimientos, transmitidos de generación en generación, permiten a las comunidades anticiparse y adaptarse a la ocurrencia de diferentes tipos de eventos. En palabras de Ismael García, del pueblo Lenca de Honduras, “nuestros ancestros tenían su manera de entender las alertas, pero nosotros debemos tener sensibilidad a los intereses de los jóvenes, pues ellos tienen la llave de los problemas actuales. Es necesario que ambos conocimientos dialoguen”​.

El conocimiento ancestral no solo se traduce en prácticas, sino en una conexión simbólica y espiritual con la naturaleza. Desde la interpretación de los signos de los animales hasta la observación de los ciclos de la luna y el comportamiento del clima, los pueblos indígenas han desarrollado sistemas de alerta temprana que ahora deben dialogar con los sistemas de monitoreo científico.

El traslado de la comunidad de Gardi Sugdub hacia Isber Yala no es solo un ejemplo de desplazamiento climático, sino también de cómo los saberes ancestrales se ven obligados a transformarse. Este proceso no es ajeno a otros territorios. En Intibucá, Honduras, las comunidades lenca también han tenido que enfrentar la disrupción de sus prácticas tradicionales por los cambios en los ecosistemas. Para Lorena Terrazas, de la Red LAC de Mujeres para la Reducción del Riesgo de Desastres, “es clave que se las incorpore en los procesos de consulta y toma de decisiones sobre las medidas y políticas de gestión y reducción del riesgo”​.

El Marco de Sendai para la Reducción del Riesgo de Desastres 2015-2030 señala la importancia de incorporar los conocimientos ancestrales e indígenas en las estrategias de reducción de riesgos. En este sentido, la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR) ha publicado la versión en español de la guía "De las palabras a la acción: Utilización de los conocimientos tradicionales e indígenas para la Reducción del Riesgo de Desastres", que promueve la integración de estos conocimientos en las políticas de reducción de riesgos, asegurando que sean culturalmente apropiados y efectivos​.

El reciente evento "Voces para la Resiliencia: Saberes tradicionales e indígenas para la reducción del riesgo de desastres" reunió a líderes indígenas, expertos en gestión de riesgos y representantes de redes de conocimiento, para visibilizar la necesidad de integrar estos saberes. Para Dalí Ángel, de la Red de Conocimiento Indígena para la Reducción del Riesgo de Desastres, "el reconocimiento de los saberes indígenas es esencial, además, necesitamos espacios de concertación de intereses en igualdad de condiciones. Para conseguirlo, el trabajo en red es esencial”​.

Si bien las comunidades indígenas enfrentan múltiples desafíos —cambio climático, migración forzada, pérdida de sus territorios—, también tienen la posibilidad de contribuir a la resiliencia global. Las prácticas de manejo del entorno, como los sistemas de terrazas en México para gestionar el agua y los muros de piedra en Perú para estabilizar el terreno en áreas montañosas, son ejemplos del valor de este conocimiento​.

“Frente a estos riesgos, en una región con tanta diversidad y riqueza cultural, el conocimiento indígena juega un papel clave para la reducción del riesgo de desastres. Transmitido de generación en generación, permite a las comunidades anticiparse y adaptarse. Las prácticas de manejo del entorno, desarrolladas durante siglos, evidencian una resiliencia integrada en los territorios y ecosistemas, que complementa los conocimientos científicos y aporta soluciones sostenibles, especialmente adaptadas a contextos locales”, señala Nahuel Arenas, jefe de UNDRR - Oficina regional para las Américas y el Caribe.  

El desafío está en lograr que los gobiernos y las instituciones reconozcan y valoren estos saberes, integrándolos en los sistemas de alerta temprana, las políticas de adaptación al cambio climático y las estrategias de reducción de riesgos. Para Rodrigo Hernández Escobar, de la Red de Conocimiento Indígena para la Reducción de Riesgos de Desastres, la clave está en promover el intercambio de buenas prácticas y la creación de plataformas que faciliten la recopilación de experiencias y metodologías exitosas​.

A medida que los hijos e hijas de Isber Yala exploran el nuevo entorno que les rodea, el pueblo guna enfrenta una encrucijada que también se presenta en otras comunidades indígenas de América Latina y el Caribe: la necesidad de adaptar sus conocimientos ancestrales a un mundo en constante cambio.

Esta adaptación no significa dejar atrás sus raíces, sino más bien transformarlas para responder a nuevas realidades. La resiliencia de las comunidades depende de su capacidad para combinar lo ancestral con lo moderno, para dialogar entre los conocimientos tradicionales y la ciencia.

“No va a cambiar, nuestra cultura no va a cambiar, solo cambian algunos elementos, pero nuestra identidad no cambia, ya que nosotros amamos la naturaleza. Aquí en Isber Yala también vamos a amar nuestra cultura”, dice la Nele Victoria Navarro, líder espiritual de la comunidad. Lo dice segura de sí misma, sentada en una hamaca, rodeada de fogones y ollas que aún despiden un olor a guiso. Bajo el brazo, descansa una mola, una tela que muestra las expresiones artísticas más vistosas de este pueblo, muchas veces inspiradas en elementos marinos, como las tortugas, los lagartos y los peces. “Cuando comenzamos a coser molas, eran figuras geométricas, después fue que vinieron los peces. Así que la mola tampoco es que va a cambiar, solo tenemos que volver a nuestra raíz”, dice y saca un alfiler de su falda.  

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