Los efectos de Iota y Eta aún reverberan: el impacto de los huracanes obliga a miles de desplazados a volver a empezar

Source(s)
United Nations Office for Disaster Risk Reduction – Regional Office for the Americas and the Caribbean
Displacement

Atrás dejaron sus casas sepultadas bajo el lodo, sus escuelas destruidas, su ropa mojada y sus muertos. Atrás dejaron sus vidas. Los huracanes Iota y Eta, que azotaron con furia a Centroamérica y el Caribe en 2020, han aumentado exponencialmente los desplazados que atraviesan fronteras complejas en busca de un mejor futuro para su familia. 

De acuerdo con estadísticas de la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA), estos huracanes afectaron a más de siete millones de personas en Centroamérica. Una región ya convulsa en términos migratorios y que a raíz de la temporada ciclónica del año pasado ha evidenciado los efectos del riesgo sistémico a los cual están expuestos.

Por sí solos, los huracanes Iota y Eta fueron devastadores. No solo afectaron a millones de personas, sino que dejaron miles de millones de dólares en pérdidas, miles de estructuras destruidas y abrieron una brecha importante en el manejo de crisis en países como Nicaragua, Guatemala, Honduras e incluso México. 

Ante la profunda crisis provocada por Iota y Eta, muchos apostaron por marcharse hacia el norte. Prefirieron enfrentar la incertidumbre que la desolación en sus países, tal como lo han mostrado los innumerables trabajos periodísticos en campo que retratan la desesperación de moverse hacia un futuro mejor. El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), por ejemplo, reporta que en los tres primeros meses de este año ha registrado un aumento de más del 900% de niños migrantes en México.

La temporada ciclónica del año pasado fue una de las más activas en los últimos años, lo que generó una crisis en la preparación y respuesta de los sistemas de gestión de riesgos y desastres, enfocados hasta ese momento al manejo de los múltiples tentáculos de la pandemia de COVID-19. 

En los últimos años, los desplazamientos causados por desastres han registrado un aumento. De acuerdo con información de Internal Displacement Monitoring Centre, en 2020 hubo 4.5 millones de desplazados internos por desastres en América, la mayor causa de desplazamiento en la región.  

Este incremento sirve también como alerta para la próxima temporada de huracanes, que inicia el 1 de junio. El contexto de la pandemia, que potencia las vulnerabilidades, podría volver a convertirse en un factor clave ante los impactos de los posibles desastres. La existencia de multi amenazas, como en este caso, subraya la necesidad de implementar políticas de preparación ante desastres. 

La respuesta y el manejo de este tipo de desplazamientos forzados forma parte del Marco de Sendai para la Reducción del Riesgo de Desastres (2015-2030), que propone “promover la cooperación transfronteriza para facilitar las políticas y la planificación con miras a la aplicación de enfoques ecosistémicos en relación con los recursos compartidos, por ejemplo en las cuencas fluviales y a lo largo de las costas, para aumentar la resiliencia y reducir el riesgo de desastres, incluido el riesgo de epidemias y desplazamientos”.

La guía De las palabras a la acción, desarrollada por la Oficina de Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR), incluye el título Desplazamiento por desastres: cómo reducir el riesgo, hacer frente a sus efectos y fortalecer la resiliencia.

Asegura el documento que una de las maneras más efectivas de reducir las muertes y los heridos es facilitar el movimiento de las personas, a través de evacuaciones o traslados previstos, con el fin de evitar que estén expuestas a situaciones que amenacen su vida. Sin embargo, al tener que abandonar su hogar, en particular cuando el retorno no es posible durante un largo periodo, tienden a aumentar las necesidades humanitarias y exponer a las personas a otros riesgos significativos vinculados con su desplazamiento.

De igual modo, añade, el desplazamiento incrementa la vulnerabilidad de las personas a futuros desastres. Tanto los desplazamientos a corto plazo como los prolongados plantean desafíos en cuanto a la prestación de servicios básicos, la cohesión social y el bienestar individual y colectivo. Los altos niveles de desplazamiento perjudican al desarrollo sostenible y podrían socavar beneficios más generales, sobre todo si las necesidades de las personas afectadas no se abordan de manera adecuada.

Raúl Salazar, jefe de UNDRR - Oficina regional para las Américas y el Caribe, sostiene que “es importante abordar los desastres desde su carácter sistémico, entendiendo sus efectos cascada y su relación con factores estructurales como la pobreza y la desigualdad. La buena gobernanza del riesgo es clave para reducir los desplazamientos. Reconocer los riesgos potenciales -y su mitigación-, garantizar que los países y las comunidades estén preparados y crear políticas que faciliten las migraciones es clave para una mejor reconstrucción y que las personas desplazadas puedan rehacer sus vidas”. 

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