Las decisiones de hoy marcarán los impactos de El Niño
El Niño ya dejó de ser un pronóstico. A inicios de julio, la Organización Meteorológica Mundial confirmó que el fenómeno ya se instaló en el Pacífico y que tiene una muy alta probabilidad de fortalecerse con rapidez en los próximos meses y así convertirse en un evento intenso hacia finales de año. Para América Latina y el Caribe, sin embargo, el anuncio no toma a nadie desprevenido. La región ha sido impactada por El Niño muchas veces, ha aprendido de cada episodio, y para el fenómeno de 2026-2027 todavía tiene la oportunidad de demostrarlo.
Basta mirar hacia atrás para entender lo que está en juego, entendiendo que los efectos de El Niño pueden ser opuestos en la región e incluso en diferentes zonas de un mismo país (puede secar una región y anegar a otra). Hace apenas dos años, El Niño de 2023-2024 dejó una huella profunda: el Corredor Seco centroamericano, Bolivia y Colombia soportaron sequías prolongadas, mientras las costas de Ecuador y Perú se anegaban bajo lluvias torrenciales. En la Amazonía, el río Negro descendió al nivel más bajo jamás registrado. Y el Canal de Panamá, una de las arterias del comercio mundial, tuvo que restringir el paso de buques por falta de agua durante más de un año: las limitaciones empezaron en julio de 2023, llevaron los tránsitos diarios de 36 a 22 en noviembre de ese año y solo se levantaron por completo en septiembre de 2024.
Pero El Niño no siempre tiene el mismo impacto y su costo depende tanto de su intensidad como de cuán preparados nos encuentre. El evento de 1997-1998 se asocia a más de 1.200 muertes en la región, según la base internacional de desastres EM-DAT, causadas sobre todo por las inundaciones y los deslizamientos que desencadenaron las lluvias extremas en los países andinos. El de 2014-2016, mejor anticipado y con más y mejores sistemas de alerta en funcionamiento, redujo esa cifra de manera drástica pese a afectar a cientos de miles de personas. La lección se repite en cada ciclo: cuando el riesgo se lee a tiempo, se salvan vidas y se protegen economías.
Por eso, prepararse no debe ser entendido como un gasto, sino como la inversión que permite que la vida, la producción y los servicios esenciales sigan su curso cuando el clima se vuelve adverso.
El tiempo que hoy ofrecen los pronósticos debe usarse bien, y todo comienza por transformar la información en decisiones. Los servicios meteorológicos de la región ya han anticipado, con meses de margen, dónde faltará el agua y dónde habrá exceso de precipitaciones. El reto es entonces que esos datos no se queden en los informes y boletines técnicos, sino que se compartan entre instituciones, apoyen los procesos de toma de decisiones y lleguen, convertidos en alertas tempranas, hasta las comunidades más expuestas. Ahí está buena parte de la diferencia entre saber y actuar.
Con esa información sobre la mesa, la prioridad es proteger lo que El Niño golpea primero: el agua y los alimentos. Cerca del 85% de las pérdidas asociadas al fenómeno se concentra en la agricultura, y su efecto sobre la seguridad alimentaria alcanza a millones de personas. Gestionar los embalses antes de la sequía, asegurar el riego, almacenar agua y alimentos, distribuir semillas resistentes o proteger el ganado son medidas que cuestan una fracción de lo que costará responder una vez que la emergencia estalle.
La región ya ofrece ejemplos de ese enfoque en marcha. Ante los primeros pronósticos de sequía, el Programa Mundial de Alimentos activó en Honduras, Guatemala y El Salvador un plan de acciones anticipatorias por 3,8 millones de dólares, con transferencias monetarias, entrega de granos básicos y monitoreo meteorológico para que más de 75.000 personas se preparen antes de sentir la escasez. En paralelo, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) acompaña a los pequeños productores del Corredor Seco con semillas de ciclo corto, sistemas de captación de agua y protección del ganado; mientras países como Ecuador y Chile han desarrollado planes nacionales para gestionar el fenómeno de principio a fin.
Ese mismo criterio de adelantarse debe extenderse a la infraestructura de la que todos dependemos. Cuando una carretera, una represa o un puerto se detienen por una sequía o una inundación, el daño no se queda ahí: se traslada a las cadenas de suministro y termina encareciendo los alimentos y los bienes básicos con efectos más pronunciados para quienes menos tienen. Reforzar esas obras y darles mantenimiento antes del evento, y prever cómo operarán en condiciones extremas, es lo que mantiene en pie los servicios esenciales. El Canal de Panamá, que ante la alerta de El Niño comenzó a ahorrar agua desde 2025 para sostener su operación durante la sequía, ofrece un ejemplo cercano de esa anticipación.
Esa forma de trabajar rinde más cuando se centra en las personas y las comunidades que enfrentan los mayores riesgos. Cruzar los pronósticos climáticos con datos de vulnerabilidad y exposición permite identificar dónde se necesita más apoyo, y eso importa porque los impactos siempre se sienten a escala local. Los gobiernos locales, las comunidades y las organizaciones que trabajan en primera línea necesitan información oportuna, acompañamiento técnico y recursos flexibles. Fortalecer esas capacidades antes de que lleguen los impactos marca una diferencia enorme a la hora de reducir pérdidas, proteger los medios de vida y acelerar la recuperación.
"Cada día que dedicamos a prepararnos reduce los impactos que tendremos que enfrentar, pero nada de esto se logra de forma aislada: exige una acción colectiva, con las comunidades en el centro y con información que llegue a quienes están en primera línea", señala Nahuel Arenas, jefe de la Oficina Regional de UNDRR para las Américas y el Caribe.
Nada de esto se sostiene, sin embargo, mientras la prevención siga siendo lo primero que se sacrifica cuando los recursos escasean. Integrar el riesgo climático en la planificación fiscal y sectorial, y diversificar las fuentes de financiamiento, es lo que permite anticiparse de manera permanente y sostenida, en vez de adoptar un enfoque de respuesta evento tras evento. Ahí es donde existe el desafío de fondo: la región todavía destina más recursos a responder a los desastres que a evitarlos, y muchas de las vulnerabilidades que conocemos y se han cuantificado desde hace décadas continúan sin resolverse.
El Niño ya está aquí, y una vez más lo vimos venir con suficiente antelación. Convertir esa ventaja en vidas protegidas y economías a salvo depende de decisiones que pueden tomarse hoy: fortalecer los sistemas de alerta y avanzar, a través de iniciativas como Alerta Temprana para Todas las Personas (EW4All), que UNDRR impulsa en la región junto a la OMM, hacia el día en que nadie quede fuera de su cobertura. De todas las decisiones que una región puede adoptar frente a un riesgo conocido, prepararse sigue siendo, siempre, la más rentable.